La ley del deseo es un Almodóvar frontal, incómodo y sin filtros, probablemente uno de los más personales de su filmografía. La película aborda el deseo como una fuerza obsesiva y destructiva, sin ironía ni concesiones, algo que se agradece por su honestidad aunque también termina jugando en su contra. El relato se mueve entre la intensidad emocional y el exceso, con personajes definidos más por pulsiones que por evolución dramática, lo que genera momentos potentes pero también cierta sensación de artificio. Hay una crudeza muy de su época, tanto en la puesta en escena como en el tratamiento de la sexualidad, que hoy puede resultar irregular, pero que sigue teniendo valor como testimonio creativo y vital.
No es una película que busque agradar, sino exponer, y en ese sentido funciona mejor como pieza clave para entender al autor que como obra plenamente redonda. Un film interesante, imperfecto y significativo, incluso para los que como yo no conectan con su universo.